Que una crisis no es el fin del mundo
En Venezuela yo había vivido una crisis que parecía no terminar nunca. En Argentina aprendí otra relación con las crisis: la gente que ya pasó por el 2001, por la híper, por mil devaluaciones, y que sigue armando proyectos, abriendo un kiosco, haciendo un asado aunque el mes no cierre. No es que no duela. Es que hay una manera de seguir que me impresionó y me enseñó mucho.
Que se puede hablar de todo
Me sorprendió lo natural que es en Buenos Aires hablar de la terapia, de los miedos, de los vínculos, de la familia. En una mesa cualquiera alguien te cuenta lo que trabajó con su analista. Esa costumbre de poner las cosas en palabras me cambió la forma de leer las cartas: hoy entiendo una lectura sobre todo como una conversación.
Que la familia es enorme
Las familias argentinas que conocí eran ruidosas, opinadoras y presentes: la tía que llama todos los días, los domingos de ravioles, los cumpleaños con cuarenta personas. Para alguien que había dejado a la suya lejos, eso era a la vez un consuelo y un recordatorio de lo que me faltaba. También vi lo que pesa: las expectativas, los mandatos, la culpa por no ir al almuerzo.
Que el que se va también duele
En Argentina conocí el otro lado de la migración: no el de quien llega, sino el de quien despide. Padres que acompañaban a sus hijos a Ezeiza con la ciudadanía italiana en la mano, sin saber cuándo los volverían a ver. Ver esas despedidas me hizo entender mejor a mi propia madre.
Que el vos se pega
Después de unos años, el vos se me pegó, y todavía se me escapa algún «che» en Madrid. Es una broma, pero dice algo serio: uno no vuelve igual de ningún lugar. Cada país donde viví me dejó algo, y Argentina me dejó una manera más directa de decir las cosas, que también uso en mis consultas.
Que el colectivo también es terapia
Una de las cosas que más me sorprendió fue cuánto se conversa en Buenos Aires con desconocidos: el taxista que te cuenta su divorcio, la señora del colectivo que opina sobre tu vida, el verdulero que sabe cómo está tu madre. Al principio me abrumaba. Después entendí que esa charla constante es una forma de acompañarse, y que cuando falta, como pasa a veces al emigrar a Europa, se extraña muchísimo.
Por qué sigo atendiendo a Argentina
Sigo leyendo para personas en Argentina porque conozco sus calles, su forma de hablar y sus preocupaciones. Si querés saber más de mí, está mi página. Y si querés consultar, la Sesión de Diagnóstico es una llamada de 45 minutos.
